La Semana Santa, también conocida como la Semana Mayor, es mucho más que una tradición o un feriado religioso. Es el corazón del año cristiano, una oportunidad sagrada para volver al centro, para mirar la vida con otros ojos y dejar que el amor de Dios nos toque de nuevo. Son ocho días en los que revivimos, no con nostalgia sino con fe viva, los últimos pasos de Jesús en la Tierra: su entrada en Jerusalén, su entrega, su pasión, su cruz, su silencio… y su victoria. Es el tiempo en que la Iglesia nos invita a caminar junto a él, a dejarnos transformar por su Palabra, y a abrir las puertas del corazón para que Jesús entre de verdad, no solo como un recuerdo litúrgico, sino como presencia viva en nuestra historia personal.
Quizá tú también llegas a esta semana con cansancio, con dudas, con la necesidad de silencio o con el deseo de empezar de nuevo. Y eso está bien. Porque esta semana no es para los perfectos ni para los que tienen todo resuelto. Esta semana es para los que necesitan ser abrazados por el Evangelio. Para los que tienen heridas. Para los que, en medio del ruido de la vida, escuchan una voz interior que les dice: “Esta vez, vívelo diferente”. Y vivirlo diferente no significa hacer grandes cosas. Significa hacer algo profundamente sencillo: abrir la Biblia, cada día, y dejar que Dios te hable.
El Domingo de Ramos (Mt 21, 1-11 / Mt 26,14–27,66:
marca el inicio oficial de la Semana Santa. Jesús entra a Jerusalén entre palmas, cantos y una multitud emocionada. Pero Él sabe que esos mismos labios que hoy lo aclaman, pronto pedirán su muerte. Y aun así, entra. Entra sabiendo. Entra amando. Entra porque no hay gloria sin cruz, ni resurrección sin entrega. Y tú, ¿lo dejas entrar también? ¿O lo dejas en la puerta con tu ramo bendecido mientras tu vida sigue igual? Esta es la oportunidad para decirle, con humildad y verdad: “Jesús, entra. No solo en mi templo, sino en mi casa, en mi historia, en mi corazón”.
El Lunes Santo (Jn 12,1-11):
nos presenta un gesto profundamente humano y valiente: María, derrama un perfume costoso sobre los pies de Jesús. La critican. La acusan de exagerada. Pero ella lo hace igual. Porque cuando uno ama, no calcula. No busca aplausos. María entendió algo que tú y yo también necesitamos recordar: hay momentos en los que el amor debe ser total, aunque no lo entiendan los demás. Tal vez esta semana también tú tengas la oportunidad de derramar tu “perfume”, de amar con generosidad, de hacer un gesto que solo tú y Dios comprendan.
El Martes Santo (Jn 13,21-33.36-38):
nos sitúa en la mesa. Jesús anuncia la traición. Mira a sus amigos a los ojos y sabe quién lo va a negar, quién va a huir, quién lo va a vender. Y no se echa atrás. Porque el amor auténtico no es ingenuo, es valiente. Él ama sabiendo todo lo que va a venir. Él ama incluso lo que no es amable. ¿No es eso lo que tú también necesitas? Ser mirado con verdad y, aun así, amado profundamente. El Evangelio de este día te invita a dejar de esconderte, a no tener miedo de tus sombras. Jesús ya las conoce, y aun así, se queda contigo.
El Miércoles Santo (Mt 26,14-25):
es el día de las decisiones oscuras. Judas va a donde los sumos sacerdotes. Vende a Jesús. Lo entrega por treinta monedas. Y aunque nos cueste reconocerlo, todos llevamos dentro algo de Judas. Todos, en algún momento, hemos cambiado a Dios por algo más fácil, más inmediato, más cómodo. Este día no está para condenarnos, sino para abrir los ojos. Para que, si alguna vez lo hemos traicionado con nuestras elecciones, sepamos que aún hay tiempo de volver.
El Jueves Santo (Jn 13,1-15):
inicia el Triduo Pascual, el corazón ardiente de la Semana Santa. Jesús parte el pan, instituye la Eucaristía, y se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. Sí, se arrodilla. El Hijo de Dios, hecho servidor. ¿Te das cuenta? El que todo lo puede, el que todo lo sabe, se pone al nivel de los pies de sus amigos para enseñarles, y enseñarte, que el amor verdadero no se impone: se entrega. Esta noche santa, deja que ese gesto hable a tu vida. ¿A quién estás llamado tú a lavar los pies? ¿A quién necesitas servir, no porque lo merezca, sino porque amas a Dios?
El Viernes Santo (Jn 18,1–19,42):
es el día del silencio, de la cruz, de la entrega total. No hay misa. No hay alegría. Pero sí hay amor. Un amor que no se retira, que no se defiende, que no se esconde. Jesús, desde el madero, te mira. Y no con reproche, sino con ternura. Te dice con su cuerpo roto: “Así te amo”. Y eso, si lo dejas entrar en tu alma, lo cambia todo. La cruz no es el símbolo de la derrota. Es el lugar donde se revela el amor más grande que existe. Un amor que se da incluso sin garantías.
El Sábado Santo (Mc 16,1-7):
es el día del gran silencio. Todo parece detenido. Jesús está en el sepulcro y, sin embargo, es el día de la fe más pura. Porque creer cuando todo está en calma es fácil. Pero seguir creyendo cuando Dios parece callado… eso es confianza. Este día, la Iglesia espera. Y tú también puedes esperar. En silencio. En oración. Con la certeza de que el amor no está muerto, solo está preparando la resurrección.
Y por fin, llega el Domingo de Resurrección (Jn 20,1-9):
El día más luminoso del año cristiano. El sepulcro está vacío. La vida ha vencido. La muerte ya no tiene la última palabra. Jesús ha resucitado, y con Él, todo en ti puede volver a florecer. Este no es solo el final de la Semana Santa. Es el comienzo de algo nuevo. Porque cuando Jesús sale del sepulcro, también te invita a salir de los tuyos: de tus miedos, de tus dudas, de tus culpas, de tus cadenas.
Por eso, esta Semana Santa no es para conmemorar con tristeza, sino para vivir con esperanza. No es un recuerdo: es una llamada. Y esa llamada es para ti. Así que abre la Biblia. Lee cada día. Deja que el Evangelio te toque, te incomode, te despierte, te consuele. No hace falta que entiendas todo. Solo hace falta que digas: “Aquí estoy, Señor. Quiero vivir esta semana contigo”.